lunes, 11 de agosto de 2014

La Flexibilidad y el Tacto.

De entre las diferentes profesiones que hemos desarrollado en la cultura occidental, "nos encontramos" con muchas que requieren del uso directo del tacto (tanto del tacto con huella dactilar como del tacto en cuanto al uso de la diplomacia).

También, sin embargo, somos capaces de ingeniarnos maneras efectivas de trabajar sin él. Profesiones que no necesitan de notar directamente, de palpar; aquéllas que, bien por el uso de guantes u otras barreras o bien por el uso de la autoridad más tajante, no necesitan afinar ese encuentro con la piel o con la palabra más amable.

El látex ha sido uno de los aliados del tacto en profesiones tan diversas y tan importantes como las de la rama sanitaria o las más propias de las meretrices. Pero, sin embargo, no ha sido capaz de adaptarse al potencial que la piel nos aporta. Eso sí: nos ha beneficiado en liberarnos de muchos problemas que se acarrean del tacto directo.


"Dejar huella" es más propio de una cabeza bien amueblada que sabe expresarse con facilidad y consideración. Lo es, sobre todo, cuando la confianza no permite acercar las pieles. Uno es capaz de escuchar a un buen orador y disfrutar de impregnarse de sus palabras, empáticas en el mayor de los casos. Y, aún recibiendo un buen camelo, no siempre va a permitirse el dejarse llevar hacia una cercanía de contacto físico, de piel. El tacto, en sus diferentes grados, es un torrente de estímulos potenciales.


Tiene un encuentro curioso con la fluidez del agua: porque el tacto tiende a rozar o a imprimir presión. El tacto es recorrido intencionado, bien sea dado o recibido. Es concreto. Sin embargo, con los fluidos, la intención se dispersa cuando es activa y también cuando es pasiva.


No nos gusta que nos toquen los "non gratos" y nos embriaga que lo hagan los queridos o deseados. El tacto nos acerca a los menos cercanos que, aún así, consideramos gente amable. Lo usamos como saludo y como despedida, pero no siempre lo derrochamos o lo cedemos con facilidad. Es una declaración de intenciones de cordialidad y de estima que el protocolo de los "dos besos" jamás podrá expresar de igual modo, con la misma calidez y entrega.
El tacto es el modo más singular de llegar a la excitación y a la culminación sexual (sabemos que la vista es el sentido más importante en la sensualidad, pero gana el tacto en la maestría del sexo). Los músculos saben dirigir a la piel en sus destinos más estimulantes. Saben ganar. La lengua tiene también un discurso en cuanto al tacto: sabe que le ofrece algo más que el sentido que le es propio: el gusto.
A los que abusan del tacto, los llamamos "tocones" o "pulpos" porque se exceden en la confianza que el saber estar permite en torno a este sentido. Amplían la cuota de restricción. Hay una forma de comunicación tácita, entre las personas, que nos indica que #LaFlexibilidad frente al tacto es concreta según el contexto social y, sobre todo, en cuestión de intenciones; que connota una inteligencia emocional que nos permite reconocer al que tiende al abuso y al que es elegante.


El tacto es soñador. Y, normalmente, no está sujeto a muchas limitaciones (más allá de las citadas anteriormente). Busca y encuentra, en la mayoría de los casos. Solo ciertas barreras físicas como el vidrio y sus derivados tienen algo que cancelar frente a su estimada aliada: "la vista". La transparencia puede generar un desencuentro táctil.

Las personas ciegas tienen que usar su sentidos hábiles para disfrutar y/o para alertarse en casi todas las situaciones que les acontecen. Y alcanzamos de una manera extensiva (con palos o cualquier tipo de vara) a conocer lo que el tacto directo no nos permitiría; a conocer distancias y suplir carencias. Vive #LaFlexibilidad en esas circunstancias frente a un tacto mermado por tal de permitir una realidad, un contexto de cercanía o lejanía física, supliendo los demás sentidos. Vive #LaFlexibilidad también en "el tacto" atribuido a la comunicación verbal (el savoir faire) y, sin duda, vive en la comunicación no verbal. Más incluso: vive en la comunicación virtual. Y lo hace de estas dos formas: tecleando e interpretando lo leído.

El tacto es multiplicidad: es razón, es cultura y es deleite o disgusto, es placer y es cumbre. Es experimento.

En Inglés dicen que algo es "touchy" si consigue alcanzar alguna fibra, algún sentimiento. Porque el tacto busca experimentar el alcance. Y es de doble sentido: tanto el de tocar como el de ser tocado. Es tan grande su extensión (el mayor órgano vital es la piel) que se abastece desde cualquier punto y regala encantos o decepciones a nuestro sistema nervioso.


Muchos y muchas disfrutan el abuso de la piel: desde los mordiscos hasta que les cosan (sin mencionar qué). Los sumisos suelen tener una manera táctil de recibir sumisión que les da placer. El sometimiento psicológico, en muchas ocasiones, lidia o compite con el físico y en ambos casos malmeten la sanidad mental, si no es coherente o placentero. Por lo que #LaFlexibilidad personal frente a este tipo de tacto es un aprendizaje no muy usual o no muy transparente. Sigue siendo, en cualquier caso, que es nuestra flexibilidad, la propia, con la que aprendemos de nosotros/as mismos/as la que nos facilitará ese aprendizaje no tan usual... o bien, lo rechazará.


La apariencia del tacto es una muestra de lo que se debe leer de él, de lo estipulado. Es el "trato", la palabra cercana al "tacto". Y define en gran medida las pautas sociales de una cultura. Es el acuerdo de lo común y #LaFlexibilidad no tiene mucho que decir en momentos concretos. Pero, si permite que el gesto del tacto evolucione y se instaure como un nuevo contexto, como un nuevo código.

Entre los allegados, dos son los tactos que se destacan pues: el tacto (que físicamente puede ser maravilloso, embriagador o tortuoso) y el trato (que siempre ganará frente al físico o que nos permitirá, al menos, deducir cómo nos quieren, aunque el físico tenga su propia energía y pueda ser devastadora). Por ello, frente al tacto, #LaFlexibilidad es una baza necesaria y la determinación que se desprende de ella, y de nuestro manejo de la misma, concretará la aceptación y la solidez de nuestras relaciones.

Si tener carácter es ser determinativo y resolutivo, persona de poco tacto o poca diplomacia (en ocasiones) o de saber usarlos (en otras ocasiones), la falta de carácter es la falta de la comprensión de nuestras opciones y de nuestra flexibilidad frente a ese tacto, de nuestro uso del mismo.

El tacto nos define. Nos enmarca. Disfrutemos, pues, de nuestro tacto sin perder el tacto... seamos flexibles con los deseos del tacto sin perder de vista las razones de su propio código: del código común del buen trato.

O no... ¡Allá cada cuál con su propia flexibilidad!

Carmen Nikol
@carmen_nikol
@LaFlexibilidad